• Isidora Alvarado

F I L I P I N A S / P H I L I P P I N E S


A los 14 años conocí al primer filipino, y me llamó la atención la bondad de esa persona, después conocí a otros más y el patrón se repitió. Entonces el misterio se transformó en sueño. Matthew se sumó, y logramos que pasara. -Muchos sabrán que no fue fácil, y que solo escuchamos la voz de acción en la toma 20-.

Ahora que se acaba, voy dejando atrás un país que es imposible de describir. He visto los niños más tiernos del mundo, que cuando crecen, no dejan de ser niños, he visto 800 peces de colores desde la superficie, he visto cuevas de rocas nacaradas transpirando madreperla, he visto ojos de mar llenos de agua mineralizada que curan el cuerpo y el alma, he visto hombres que no son hombres, sino bichos de mar, que nadan como peces y saltan como ranas. He visto capitanes que llevan 50 años en sus balsas, que conocen el mar más que cualquier letrado. He visto la mirada sincera de no querer pedir nada, sino la intención desinteresada de hacerte la vida más fácil, he visto cómo estudiantes salen a trabajar a la calle en la noche para costear sus estudios, he visto amigos tan buenos y leales que caminan abrazados, sin importar la edad ni el género y he visto cómo la gente no posee nada, pero aún así sienten que tienen tanto.

Filipinas es un país que chorrea belleza en todas sus dimensiones: por fuera y por dentro, mirando hacia arriba y hacia abajo.

He visto gente devota de su fe, de su familia y de “mama Mary”, para que no les falte el arroz.

Llegué a Filipinas el día en que bombardearon la catedral y alguien dijo: “Los pobres de nuestro país no tienen nada. Solo su fe. Y nadie tiene el derecho de arrebatarles lo único que tienen”. Filipinas, sin tocarme, me pegó una cachetada de realidad, para volver a cuestionarme con dolor, qué es lo que le falta a nuestros pueblos. Pero también me abrazó, y mientras me iba yendo me secó las lágrimas.

Hordas de turistas no corroen el espíritu filipino, el amor a la naturaleza y el respeto por las personas. Aquí el turista que busca lujos y vicios occidentales, pronto se da cuenta de que está en el lugar equivocado.

Consciente de que la pobreza es un drama universal, es imposible ignorar la particular pobreza de este país, y la rabia que esta me suscita.

Tampoco sé si deba llamarla así, porque en realidad, la pobreza no existe. Ningún país nace pobre. Lo que existe es la corrupción y la desigualdad social. La gente de este país, que es tan sana, tan inocente, tan inofensiva, no merece ser esclavizada por unos pocos extranjeros. La gente de este país no sabe que es pobre, porque no conocen lo que significa no serlo. 

Cuando uno deja un lugar que le entregó lindos recuerdos, no quiere irse. Pero nunca me había pasado que la gente que conocí, no quisiera que nos fuéramos, que se sacaran fotos con nosotros y que nos suplicaran que volviéramos. Las personas de Filipinas son tan perceptivas, que vieron que nuestra curiosidad e intriga cultural, iba mucho más allá de las playas de agua cristalina. Filipinas no quería que nos fuéramos.

Al final del viaje, se nos acabó la memoria de la cámara, y un miedo raro me vino a la mente, porque no quiero que mis propias memorias se acaben al irme de este lugar. Quiero que los recuerdos de Filipinas, se agarren con fuerza, como las ostras a sus rocas, a mi corazón viajero.

Y por sobre todas las cosas, le ruego a mama Mary, que la casi imperceptible pero voraz entereza filipina no deje que este lugar cambie por causa de unos extraños que quieran prostituir encarnizadamente, sus más de 10.000 islas sagradas y vírgenes.

¡Salamat Filipinas! te llevo en el corazón.


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At the age of 14 I met the first Filipino, and his goodness of heart caught my attention, later on, I saw that pattern repeated over and over. So the mystery became a dream. Matthew joined me and we made it happen. -Some of you will know that it wasn’t easy, and that we only heard “action” at take 20-.

Now that it’s over, I’m leaving behind a country that is impossible to describe. I’ve seen the cutest children in the world that when they grow up, they don’t stop being children, I’ve seen 800 colored fish from the surface, I’ve seen nacre caves sweating mother-pearl, I’ve seen lagoons full

of mineralized water that heals the body and the soul. I’ve seen men that aren’t men, but sea animals, that swim like fish and jump like frogs. I’ve seen captains that have been living in their rafts for more than 50 years and know the ocean better than any experienced man. I’ve seen the sincere look of not wanting to ask you for anything, but trying to make your life easier without expecting anything in return, I’ve seen students going to work on the streets at night to pay for their studies, I’ve seen such good and loyal friends that walk together hugging each other, I’ve seen how the people don’t posses anything, but they still have so much.

The Philippines is a country that spills beauty in all of it’s dimensions: outside and inside, looking above and below.

I’ve seen people devoted to their faith, their families and “momma Mary” so they can always get their pound of rice.

I arrived to the Philippines the day the cathedral was bombed, and someone said: “The poor of our country have nothing to hold on to, except for their faith. And no one has the right to destroy the only thing they have”.

The Philippines, without touching me, slapped my face with reality, pushing me to question -with pain- what it is that our people are missing. But it also hugged me and dried my tears off when I was leaving.

Tons of tourists can not corrupt the Filipino spirit, the love for nature and the respect for the people. In here, the tourist that is looking for the westernized luxuries and vices, soon realizes that he’s at the wrong place.

Although I’m aware that poverty is a global issue, it is impossible to ignore the particular poverty in the Philippines, and the rage that this causes me.

Far from wanting to build a political banner, I just want to say that poverty doesn’t exist. No nation is born poor. What does exist is corruption and social inequality. People from this country, who are so sane, so innocent and so harmless, don’t deserve to be enslaved by a few foreigners. Most people from this country don’t know that they’re poor, because they don’t know what not being poor means.

When you leave a place that gave you beautiful memories, you expect to feel like you don’t want to leave, but what you don’t expect is for the people you met wanting to take photos with you, not wanting you to leave and begging you to come back soon. Filipinos are so perceptive, that they saw that our curiosity was far beyond beaches with clear waters.

Our camera ran out of memory at the end of the trip, and a strange feeling came to my mind. Because I don’t want to run out of my own memories by leaving this place. I want them, just like the seashells to their rocks, to hold on tight to my traveller heart.

But above everything, I beg momma Mary to protect that -almost imperceptible but relentless- Filipino strength, so it doesn’t allow this place to change because of a few strangers wanting to, heartlessly, prostitute the more than 10.000 sacred and virgin islands.

¡Salamat Philippines! I’ll keep you in my heart.


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